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Lluvia sobre mojado

Foto: La Informacion

Por: Antonio Pulido, (Twitter: @Ninozurich) Estudiante de periodismo deportivo, vecino de Mancha Real | Un dedo índice apunta al cielo con simbolismo victorioso y desahogo plomífero después de 71 vueltas de procesión constante de galimatías sin riendas que domaran al destino. La misma yema que desafiaba a las nubes en Bahréin, Singapur, Japón, Corea e India, consciente de alzarse en el escalón más alto a la conclusión de 20 carreras por todo el mundo. Lo volvió hacer (la tercera consecutiva) y de nuevo sonrió. Sebastian Vettel no ganó en Brasil, pero su dedo lo señala como el tricampeón del mundo más precoz de la historia.

Seis temporadas de progresión son testigos de su inmensa progresión desde que controlara un BMW Sauber tan alejado del actual Red Bull como casi inéditos se atisban los registros del alemán. De hecho, sólo dos pilotos más han conseguido encadenar tres títulos mundiales consecutivos: Juan Manuel Fangio (tres, desde 1954 a 1957) y Michael Schumacher (cinco, desde 2000 a 2004). Precisamente, el propio Káiser reconoció al término de su última carrera en la Fórmula 1 que dejó pasar a su compatriota cuando éste le inquietó con su presencia. Quizá, la nostalgia de tiempos mejores y las irremediables comparaciones con su compatriota manejaron el último volante que tocará Michael sobre un monoplaza. “No me iba a interponer en la lucha por el campeonato”. Todo queda en casa.

Pero todo pudo quedar emborronado en la primera vuelta, cuando Vettel quedó a la cola y volteado en las primeras curvas. Su máquina, superior a todas aquellas en pistas durante todo el año, estaba magullada y se temía lo peor en Heppenheim, donde todos sus paisanos agitaban banderas y enmudecieron apenas comenzó el show. No tardarían en recuperar la sonrisa a medida que el inalterable Red Bull cazaba a rivales uno tras otro sin resentirse del golpe en colectores y escapes mientras el recuerdo de Abu Dabi revoloteaba por su cabeza. El toro bufó hasta el final milagrosamente.

“Ha sido la carrera más difícil de mi vida. Imagínate verte a las primeras de cambio en sentido contrario y con todo el mundo viniendo hacia ti”, afirmó, ya como campeón, el bávaro.

Ni la lluvia por la que rezó Alonso ni la cuestionada fiabilidad de la escudería austríaca fue suficiente para tumbar al alemán, que sólo se retiró del circuito prematuramente en dos ocasiones: Grandes Premios de Europa e Italia (ambos, por problemas en los alternadores), similar situación a la del asturiano, cuyas piedras en el camino llegaron en Bélgica (Grosjean le pasó por encima y puso fin a una rachas de 23 carreras consecutivas puntuando) y Japón (pinchazo). Hasta el tan genial como inesperado papel de Felipe Massa como escudero de su compañero en Ferrari fue infructuoso ante tamaña empresa. Se intentó hasta el final.

Curiosamente, pese al resultado final y la igualdad entre ambos pilotos, es Fernando el que ha congregado a expertos, pilotos y críticos con respecto a esta temporada. Obviamente, Sebas es merecido campeón, pero el apoyo moral que los entendidos en la materia han dispensado hacia el ovetense bien merece perdurar en el libro de éxitos morales –y no materiales- del deporte. Con todo y con eso, el “cubo de basura con ruedas” (en boca del expiloto Mario Brundle) que condujo Alonso le valió para sumar cuatro podios más que el germano (nueve y trece, respectivamente). Además, sólo en cuatro carreras (de una veintena) ha finalizado en posición inferior a la que arrancó.

“Este ha sido, por mucho margen, el mejor año de mi carrera porque he puesto a todo el mundo de acuerdo”, aseguró Fernando Alonso instantes después de erigirse subcampeón del mundo por sólo tres puntos de diferencia.

Sin tener el mejor coche pero sí las mejores manos, el campeón de 2005 y 2006 transformó lo utópico en posible e hizo creer en lo inverosímil hasta que el Safety Car dio por concluida la carrera. La renta de 44 puntos en el ecuador del campeonato no fue suficiente. Broche agrio por el desenlace, pero dulce por el manejo frente a unas adversidades que exprimieron hasta la sequedad la búsqueda de alternativas. Recordemos que en Australia, primer Gran Premio de la campaña, el Ferrari se situaba a dos segundos del coche más rápido.

El tercer campeonato se resiste, pero la lógica impide no teorizar sobre una nueva conquista, más cuando el grado de madurez del asturiano irradia más optimismo que nunca. No obstante, no sólo depende de él, sino también de cómo Ferrari gestione un nuevo bólido rojo que permita, de una vez por todas, equilibrar la lucha con sus inmediatos superiores. Ya será en 2013.

Sin nada más de lo que resentirse y tras un cierre tan loco como el resto de la temporada, no hubo más remedio que asumir la perfección hecha máquina en nombre de Adrian Newey, un hombre capaz de haber influido en la competición más que los propios pilotos y contratado por Dietrich Mateschitz, dueño de Red Bull, cuando éste compró el vetusto equipo Jaguar por un dólar (más compromiso de inversión de 300 millones en tres años). Tres campeonatos de constructores es el bagaje que acumula. Precio –y piloto- amortizado.

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