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Nos engañó otra vez

Rafael Nadal Foto: La Vanguardia

Por: Antonio Pulido, (Twitter: @Ninozurich) Estudiante de periodismo deportivo, vecino de Mancha Real | “Juan Martín, lo siento por hoy. Creo que mereciste ganar la final”, resoplaba Rafael Nadal instantes después de levantar su tercer Indian Wells, casi arrepentido, mientras buscaba con la mirada el rostro del argentino, tan apto para arrodillar a Rafa en el primer set como para derrumbarse en cuanto la sombra del mallorquín inundó la pista americana. Pasaban 890 días desde que levantó su último torneo sobre cemento, Tokio 2010. Aun firmando el mejor arranque de su carrera deportiva (tres títulos en cuatro finales después de vencer 17 partidos y perder sólo uno), pidió perdón.

Indian Wells es una competición distinta, la única en la que Nadal ha conseguido reinar en tres ocasiones fuera de la tierra batida, pero también, en esta ocasión, resultaba hostil por la incertidumbre que sus rodillas emanaban en cada zancada. El cemento, al contrario que el polvo de ladrillo, absorbe con menos generosidad el golpe, lo que provoca giros bruscos y tensos en articulaciones, justo el némesis del balear. Para sorpresa de todos, la cancha pareció amortiguar al mejor tenista español de la historia para doblegar a tres yunques del circuito. Lo sufrió Federer en cuartos de final (achacado por unos dolores en la espalda), lo experimentó Berdych en semifinales y lo confirmó Del Potro en la final. “La adrenalina al competir está pudiendo con los problemas”, afirmaba el español. El analgésico era natural.

Y allí estaba, vestido de verde irlandés a más de treinta grados mientras 16 millares de personas atendían a la zurda como cura a más de siete meses sin el virus nadaliano. El calentamiento de Rafa no comienza con el peloteo, tampoco con las primeras carreras, ni siquiera con el vitoreo de la grada. La primera muestra de entonamiento acaece al grito del primer “¡Vamos!” que, ayer, vociferó en los tres primeros juegos. Lucía inexpugnable con tanta rapidez como Del Potro gesticulaba para afrontar un 15-40 en contra en el cuarto juego que terminaría remontando para cimentar la primera piedra hacia el primer set. La adrenalina ya no funcionaba (6-4).

Se prolongó la agonía tres juegos más, esta vez de la segunda manga, hasta la siguiente torcedura anímica cuando Nadal conectó dos derechas arqueadas al fondo adversario. Visualmente, la pista albergó una guerra mental de la que el mallorquín, con un currículum más extenso en tales batallas, se recompuso al tiempo que pilló complejo de pared. Impertérrito como hormigón, construyó el sendero hacia el segundo set. Más ligero de pies que su contrario, aceleró el ritmo en el tercero consciente de contar con más energías en el plano físico y psíquico. El argentino, desquiciado por la contundencia de la que era diana, se desvistió de la agilidad que mostró en rondas anteriores y optó por el traje de resignación, habitual frente al tenista que más Masters 1000 ha alzado (22, uno más que Roger). Una ace final le destrozó.

Posterior al tradicional recueste sobre el tamiz del éxito, Rafa corrió para abrazarse a aquel gigantón de 1’98 metros que horas antes hizo claudicar al que, por entonces, era el imbatido de la temporada, Novak Djokovic. Ni siquiera la resaca de tal hazaña permitió a Juan Martin sumar su primer Masters y derrocar al rey abdicado y renqueante, pero recuperado para afrontar nuevas conquistas. De momento, son ya 600 las veces que Nadal alzó los brazos (vigésimo tenista con más triunfos) y 53 los títulos cosechados. Suficiente, por ahora, para recuperar el número 4 mundial.

Reaparecerá en Monte Carlo (tierra batida) porque el desgaste merma el rendimiento y se ausentará en Miami, el siguiente torneo de interés.

Reconozco, ahora, que dudé de su recuperación cuando se retiró derrotado en el primer acto. Cometí ese error. No importa, se me pasó pronto. Obvié que algún día descubriremos el gen que lo distingue del resto de mortales. Mientras tanto, que nos perdone.

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