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Salubre trago

Foto: Marca

Por: Antonio Pulido, (Twitter: @Ninozurich) Estudiante de periodismo deportivo, vecino de Mancha Real. | El sudor resbalaba por dermis en busca de recompensa que no llegaba, los músculos ansiaban alivio tras el esfuerzo derramado y la meta veía de lejos el caminar rojigualdo. Día a día, el casillero español se mantenía inmaculado mientras la angustia febril del aficionado exigía que la bandera española luciera en uno de los tres cajones. No tenemos paciencia, no sabemos administrarla. Nervios, desesperación, decepción. Creímos ser ajusticiadores de un cuarto puesto antes de animadores en el momento oportuno. Fácil es felicitar cuando aplaudes al del cajón, pero más arduo es alentar al que quedó en tierra.

España acaba con 17 medallas en la capital británica (tres de oro, diez de plata y cuatro de bronce) que la colocan en la posición 21ª del medallero (y 15ª en número de ellas). Lejos de las 22 de Barcelona’92 (13 de oro, siete de plata y dos de bronce), pero continuando la línea de mantenimiento que se le precisa a una potencia deportiva mundial. Se subió una vez menos al podio que en Pekín y dos menos que en Atenas, aunque la proliferación de éxitos en la recta final desprende cierto aroma de satisfacción entre los deportistas que conformaron la delegación, así como a los ojos de quien ha permanecido 19 días anclado en el sofá. Además, 30 han sido los diplomas olímpicos concedidos a los finalistas amparados por el COE (ocho octavos, siete quintos, siete sextos, cuatro séptimos y cuatro octavos), cifra que demuestra fidelidad al casi fue.

Si bien el número de reconocimientos no es insólito, el aspecto de que hayan sido las féminas las responsables del arreón español es llamativo. Y no porque ostenten cualidades físicas y mentales inferiores (que tampoco), sino porque no se encuentran datos de JJOO donde las mujeres hayan conquistado más preseas que los hombres (11 por lado femenino y cinco por la orilla varonil). Tampoco pasa inadvertida la armonía que los deportistas españoles han conciliado con el medio acuático, dentro del cual 11 medallas han estado directa o indirectamente vinculadas a él mediante las diferentes pruebas de natación, aguas bravas, piragüismo, triatlón, waterpolo y vela.

Precisamente este último deporte ha abrillantado el palmarés español en más ocasiones tras acumular 13 oros, cinco platas y un bronce desde que fuera reconocido como olímpico recién estrenado el siglo XX. Protagonista con dos oros en Londres junto al taekwondo (oro y dos platas), gozan de gran tradición en la geografía española y confirman, una vez más, que el trabajo regado con dedicación acaba por recoger frutos merecidos.

En una lectura positiva ignoraríamos el tinte negativo que sería imposible obviar desde la objetividad. Afortunadamente, hubo más gloria que frustración, aunque el hundimiento potenció exponencialmente la frontera del desengaño por la naturaleza de las disciplinas en cuestión. Fútbol, ciclismo, tenis y atletismo (39 medallas entre las cuatro antes y después de Londres) se han erigido como diana de reflexión para próximas comparecencias internacionales. La más flagrante, quizá, el deporte balompédico, cuya religión se ha instaurado arraigadamente en la cultura hispana y, en cambio, no disfruta de ese privilegio durante la cita olímpica (donde los deportes rey son la natación y el atletismo). Esto, aunado a las expectativas que ofrecía una selección con brillantes nombres individuales asentados en la élite contribuyó a que el declive se viera acrecentado.  Cero goles y un punto cerraron el capítulo más triste del fútbol español y, obviamente, se esfumó la triple –o cuádruple- corona, como muchos vaticinaron.

Bien es cierto que la competencia en ciclismo ofrecía dificultad titánica a la hora de conseguir metal (tanto en ruta como en pista), pero la poca lucha depositada en las pedaladas da qué pensar. Castroviejo (9º en contrarreloj), Hermida y Coloma (sendos diplomas olímpicos) se salvan de mi particular guillotina. El tenis, pese a la baja de Rafael Nadal, ofrecía garantías suficientemente eficientes para pensar en una medalla sin temor, una oportunidad óptima para sentenciar que no todo el tenis español nace de la raqueta del mallorquín. Tampoco fue así, Nico Almagro (cuartos de final) y la pareja de dobles (David Ferrer-Feliciano López, 4ºs) fueron el techo tenístico. Esfuerzo reconocido, pero insuficiente.

El atletismo merece un capítulo aparte. Con un equipo notable (46 atletas), apenas han sido cuatro integrantes los que han conseguido ser finalistas (Ruth Beitia, Frank Casañas, Beatriz Pascual y Miguel Ángel López), tres de ellos con 30 años o más. El resto, fuera de los mejores. El problema radica en priorizar el número de atletas o el número de posibilidades de éxito. En la RFEA se opta por la primera opción.

Dejando a un lado las decepciones, las siempre mencionadas como sorpresas inmprevistas conceden cierto valor extra al medallero español. Las selecciones femeninas de balonmano y waterpolo (bronce y plata) han superado a sus homólogas masculinas (también digno papel) impulsando con viento fresco la ilusión española gracias al orgullo que ofrecían en cada jugada. Se ganaron la estima de quienes esperaban para verlas triunfar y quedaban más que dichosos ante el espectáculo presenciado. Tampoco sería elegante eludir a Maialen Chourraut (aguas bravas), Maier Unda (lucha), Marina Alabau (vela) o Mireia Belmonte (natación) que, además de compartir inicial, tienen el honor de haber protagonizado alegrías en el rostro de los seguidores.

Por supuesto, los logros seguros no están exentos de esfuerzo, por lo que Javier Gómez Noya, las chicas de natación sincronizada, David Cal, Saúl Craviotto o la selección de baloncesto masculina merecen el reconocimiento equivalente a todos aquellos resultados, sean éstos dorados, plateados o estén dotados de una aleación de cobre y estaño.

Para valorar el presente, nunca hay que olvidar que hubo tiempos peores, ya que, desde sus primeras ediciones veraniegas, España apenas alcanzó la gloria olímpica entre sus participantes. Muestra de ello es que transcurrieron 80 años (1896-1976) para sumar únicamente 11 medallas, lo que hoy en día sería un fracaso absoluto (la primera, curiosamente, fue dorada en pelota vasca en Paris 1900). La prosperidad aconteció en los ocho años próximos, fértiles en el cultivo del deporte que desencadenó más condecoraciones que en las ocho décadas anteriores (15). Después, llegó Barcelona y, con ella, el brote determinante necesario para despertar la confianza en las posibilidades inherentes. Se aprendió a ganar. Dos décadas que han significado 104 preseas (80% del total).

Usain Bolt y Michael Phelps acapararon portadas, pantallas, micrófonos y focos allá donde quisieran hacer posar sus pies (y manos). Despertaron admiración, celos, agradecimientos y distinciones por la supremacía que demuestran sobre el resto de deportistas. Supieron vencer, conectar con el público y devolver las muestras de cariño que le fueron entregadas. Son campeones y, por ello, tanto ellos (los más grandes) como a los que sólo depositamos nuestra atención durante cuatro años meritan idénticos aplausos. Pese a la derrota.

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