Jaén

La tierra vuelve a ser un ‘tesoro’

Olivarero enseña las últimas aceitunas de esta campaña olivarera que ya toca a su fin. :: J. PASTOR
Olivarero enseña las últimas aceitunas de esta campaña olivarera que ya toca a su fin. :: J. PASTOR

Fuente: Ideal | Por estos lares siempre se ha dicho que ‘quien tiene olivas, tiene un tesoro’. Sabidurías forjadas a través de siglos y experiencias. Hasta que se instaló entre nosotros la crisis de los precios del aceite -que parece que ha venido para quedarse-, la incertidumbre respecto a las ayudas y el éxodo de los jóvenes del campo hacia las ciudades. Entonces muchos olivareros cambiaron la palabra ‘tesoro’ por ‘ruina’. Y algunos, incluso, abandonaron las explotaciones. El campo dejó de ser atractivo. Pero parece que algo está cambiando. Las tierras ganan nuevamente tirón. Así se desprende, por ejemplo, de la estadística sobre transmisión de derechos de la propiedad que publicó el INE este miércoles. El año pasado se contabilizaron 9.814 transacciones de fincas rústicas. En 2012 se computaron 9.460. Se trata de un incremento superior al tres y medio por ciento en términos relativos. Casi cuatrocientas operaciones más si hablamos en magnitudes absolutas. Las últimas comparativas interanuales siempre habían salido negativas.

Varios factores contribuyen a ello desde la perspectiva de la oferta, pero también desde la demanda. El mercado se está reactivando. Hay gente dispuesta a vender por dos motivos fundamentales. En primer lugar, por la falta de relevo generacional y porque la edad media de los titulares de plantaciones supera los cincuenta y siete años en Jaén. Hay muchas personas en edad de jubilarse. Realmente esto no es una cuestión de ahora. Viene sucediendo en la última década. Lo novedoso es que hay más necesidad. Y la mejor prueba ello es que los precios de los terrenos agrícolas se han reducido de forma notable en la provincia para atraer compradores que, hasta ahora, se batían en retirada. Según el último ‘informe anual del sector agrario en Andalucía’, publicado por Unicaja el pasado mes de diciembre, en el periodo comprendido entre 2008 y 2011 el valor de la hectárea se había abaratado casi un siete por ciento, hasta los 24.087 euros. Obviamente se trata de medias. Habría que diferenciar entre secano y regadío y también entre tipos de cultivos -aunque en Jaén prevalecen claramente las plantaciones oleícolas-.

Lo que no figura en las cifras aportadas ayer por el INE son los perfiles de los que están adquiriendo estas propiedades. Los inversores ajenos al sector agrario huyeron hace unos años y habida cuenta de las rentabilidades que se manejan hoy día en este negocio, no deberían tener mucho interés en regresar. Así que, a buen seguro, detrás de un porcentaje importante de las compra-ventas debería haber agricultores profesionales. Incluso jóvenes -a mediados de 2013 se convocaron las ayudas para nuevas incorporaciones-.

Frente a la falta de rentabilidad del sector, con cotizaciones en origen que se sitúan por debajo de los dos euros por kilogramo -el umbral de los beneficios se encuentra entre veinte y cuarenta céntimos por encima-, las negociaciones para la reforma de la Política Agraria Común (PAC) ya apuntaban en 2012 que las ayudas comunitarias estaban garantizadas hasta 2020. ‘Tan solo’ quedaba una incógnita por despejar. Si ante la posición férrea de los países del Norte, la cuantía de las subvenciones se reduciría de forma notable. El resultado es de sobra conocido. Se mantiene la prima por hectárea, aunque el olivar en pendiente se queda fuera de los pagos acoplados.

Aceitunero
El olivarero Damián Merino enseña las últimas aceitunas de esta campaña. Foto de Jorge Pastor

Jorge Pastor – A los ojos

El martes, con la fresca, dirigí mis naves hacia Mancha Real, municipio de carpinteros y deseo de altezas reales. Allí, en medio del mar de olivos, quedé con un señor llamado Damián. No lo conocía pero lo necesitaba. Necesitaba a un olivarero afanoso para reportajear el final de la campaña oleícola y la ventura me puso en contacto con él. Me gusta poner rumbo a ninguna parte con él animo de buscar personajes e historias. Me suelo fiar de mi instinto. Funciona. Y mi instinto me decía, con voz recia, que aquel viaje no sería en balde. Y volvió a acertar. Primero porque, por aquello de los ‘rayos y centellas’, ahora denominado ciclogénesis explosivas, seguro que habría algo nuevo que contar. Caminos embarrados, aceitunas por el suelo y esfuerzos baldíos. Y segundo porque les confieso que hablar con un aceitunero, más o menos altivo, siempre resulta un ejercicio de humildad. Ellos, cultivados por la lluvia y el sol, la escarcha y la niebla, la tormenta y la canícula, conviven a diario con la incertidumbre. Con la espada de Damocles de una nube siempre inoportuna. Sus manos, sus gestos y sus miradas son, por sí mismas, la crónica de la experiencia. La materia prima de una buena crónica.

Sí, los admiro porque son lo que son. Pero también porque siempre miran a la cara. Me encanta la gente que dialoga con los ojos mientras habla por la boca. Y estos señores del campo, lejos de cualquier tipo de impostura, lo hacen con la mayor de las naturalidades. Damián, con su boina calada hasta las cejas y su mono de color verde aceituna, no paró de hacerlo durante los tres cuartos de hora que paseamos entre olivos e ilusiones. Me explicó que con doce años pisó por primera vez el olivar. Que desde entonces nunca había salido. Que consideraba que sesenta años acudiendo todos los días a la finca eran ya muchos. Que había llegado el momento de pasarle los trastos a sus gemelos Cosme y Damián. Que no entendía las reglas del juego de un mercado, el del aceite de oliva, que ignora y desprecia el sudor de su frente, el de sus hijos y el de cientos de miles de agricultores que lo dan todo a cambio de casi nada. Un conversación provechosa –me salió un reportaje redondo– con una moraleja a modo de conclusión. “En definitiva, periodista, que sin todo esto mi vida no tendría sentido”. Me miró a los ojos. Se hizo el Silencio. Y comenzó a llover.

Lo digo siempre que tengo oportunidad. Esta profesión mía, el periodismo, es maravillosa gracias a personajes como Damián. Ellos sí que se merecen titulares gruesos y fotos a cinco columnas. Porque nos enseñan a discriminar lo interesante de lo importante. Porque siempre reflexionan desde la mesura. Porque, entre recogidas y labranzas, meditan sin premeditar. Pero sobre todo porque son sinceros y siempre, siempre, te miran a los ojos.

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