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Crónica: La Sombra del Tenorio

Crónica por Manuel Morillas (@manuelmorillas) |

“¿Me he muerto ya?”, “¿Será esto otra pesadilla de las fiebres o andaré ya de viaje por el otro mundo?” Con estas dos preguntas, un sobresalto y un estremecedor cambio de luz comienza una obra que satisfizo –así se dejaba notar por las caras al terminar la actuación- a todas las personas que asistimos a su representación en la Casa de la Cultura el domingo por la noche.

Fuimos pocos, no sobrepasábamos las tres decenas de personas en el público (Quizás por la mala noche de lluvia y viento), pero pudimos disfrutar de un espectáculo poco común. Una hora y cuarto de soliloquio formulado como virtual conversación entre el bueno de Saturnino Morales Pudientes, una monjita de la caridad –casualmente llamada sor Inés- que le atiende y le cuida en sus últimas horas de vida, y el público, asistente a la vez a la agonía del eterno actor secundario y a la representación realista y conmovedora de un verdadero Tenorio.

Una obra de teatro realmente fuera de lo común. Sería conveniente destacar de ella unas cuantas cosas:

En primer lugar, el buen hacer y la profesionalidad del actor. A la exigencia de este papel en cuanto a tiempo y soledad en el escenario solamente le encuentro comparación con la obra de Delibes “Cinco horas con Mario”. Quien interpreta a Saturnino estuvo pletórico haciéndonos vivir cómo este actor secundario cumplía, en los umbrales de su muerte, el gran sueño de dejar de ser el malogrado Ciutti para ser el gran conquistador Don Juan. Y lo hizo sin un error, sin una pausa por olvido, con unos cambios de tono de voz realmente alucinantes.

También es digno de mención el carácter de arma de doble filo de la representación. Estructurada en comedia, no desperdicia la ocasión de tratar temas trascendentales desde la óptica de quien persigue un sueño o de quien ve que pronto finaliza su función en ese mundo; habla del amor y de la guerra, de la riqueza y la pobreza, de afortunados y desventurados. Y también lanza en contadas ocasiones punzantes dardos que invitan a la reflexión – “¿Qué es la vida, sino quitarnos unos a otros todo lo que podemos? Y, otros dejarnos sin nada, y quedárselo todo” llega a decir el personaje con su característica gracia-.

Por último, se puede considerar esta obra como una amena y divertida introducción a la verdadera joya, el Don Juan Tenorio, el drama escrito por José Zorrilla y publicado en 1844. Intercaladas con las divagaciones y narraciones de aventuras varias de Saturnino, llegan a oídos del público párrafos y diálogos completos de la obra de Zorrilla. Así, siguiendo esta comedia, podemos encontrar fragmentos del Tenorio como este pareado:

“¡Cuán gritan esos malditos, pero mal rayos les parta, si en terminando esta carta, no pagan caros sus gritos!”

Como resumen: Un buen rato de teatro, compartido con ese segundón que toda su vida soñó con poder representar el papel protagonista, y que ahora lo representa cada noche (“Burlando así a la muerte, muriendo cada día como Don Juan Tenorio”, como llega a decir) junto a su doña Inés y frente a su público, un público que queda encantado con este galán de nuestro tiempo.

La obra, igual que aquélla de la que proviene, termina así:

;

“¡Clemente Dios, gloria a Ti!

Mañana a los sevillanos

aterrará el creer que a manos

de mis víctimas caí.

Mas es justo: quede aquí

al universo notorio

que, pues me abre el

purgatorio

un punto de penitencia,

es el Dios de la clemencia

el Dios de Don Juan Tenorio.”

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